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Metabolismo canino: por qué la grasa importa
Análisis fisiológico y clínico a partir del estudio de la Universidad de Helsinki (2025)
Un análisis en profundidad del estudio de la Universidad de Helsinki que demuestra por qué el metabolismo del perro responde mejor a la grasa que a los carbohidratos y cómo esto puede cambiar la nutrición canina actual.
En nutrición canina llevamos décadas repitiendo un mensaje que, aunque cómodo para la industria, resulta cada vez más difícil de sostener desde la fisiología: que el perro es un “omnívoro adaptado” y que, por tanto, una dieta basada en carbohidratos puede ser perfectamente compatible con su biología. Esta afirmación parte de una verdad a medias —el perro ha desarrollado cierta capacidad digestiva para el almidón— pero ignora una cuestión fundamental: la diferencia entre poder digerir un nutriente y estar metabólicamente diseñado para utilizarlo como principal fuente de energía.
El organismo del perro no solo se define por lo que puede absorber en el intestino, sino por cómo sus células producen energía, qué hormonas regulan ese proceso, qué vías metabólicas se activan de forma preferente y qué sustratos permiten mantener un equilibrio interno estable a largo plazo. Desde este punto de vista, el perro no funciona como un omnívoro glucodependiente, sino como un carnívoro con un metabolismo predominantemente lipídico y proteico, preparado para obtener la mayor parte de su energía de la oxidación de grasas y, en segundo término, de aminoácidos, utilizando la glucosa como recurso secundario y estrictamente regulado.
El reciente estudio del grupo DogRisk de la Universidad de Helsinki, publicado en 2025 en The Veterinary Journal bajo el título The effect of a kibble diet versus a raw meat-based diet on energy metabolism biomarkers in dogs, aporta datos objetivos que permiten observar este fenómeno directamente en sangre. No se trata de una discusión ideológica entre “pienso” y “dieta natural”, sino de una comparación bioquímica entre dos formas muy distintas de aportar energía al organismo canino: una basada mayoritariamente en carbohidratos no fibrosos y otra basada mayoritariamente en grasa de origen animal.
Aunque el estudio se realizó en una sola raza, los Staffordshire Bull Terrier, los procesos fisiológicos evaluados —glucosa, insulina, glucagón, cuerpos cetónicos, perfil lipídico y marcadores de sensibilidad a la insulina— son universales en la especie canina. Las enzimas, las hormonas y las rutas metabólicas implicadas no son patrimonio de una raza concreta, sino parte del diseño biológico común de todos los perros. Por ello, los resultados obtenidos no deben interpretarse como una curiosidad limitada a un grupo concreto, sino como una ventana a cómo funciona, en general, el metabolismo energético del perro cuando se le ofrece un combustible u otro.
En esta primera parte vamos a sentar las bases fisiológicas necesarias para comprender por qué, desde un punto de vista biológico, la grasa es un combustible mucho más coherente con el diseño metabólico del perro que el carbohidrato, y por qué esto explica los resultados observados en el estudio finlandés.

El perro como especie: evolución y diseño metabólico
El perro doméstico desciende del lobo, un carnívoro especializado cuya dieta ancestral estaba compuesta principalmente por presas animales. Estas presas aportaban grandes cantidades de proteína y, sobre todo, de grasa, que es el componente energético más concentrado de los tejidos animales. Aunque el contenido estomacal de las presas podía aportar pequeñas cantidades de carbohidratos parcialmente digeridos, y aunque en determinadas épocas del año podían consumirse frutos o raíces, la base energética de la dieta era lipídica.
A lo largo del proceso de domesticación, el perro desarrolló una mayor expresión de amilasa pancreática y ciertas adaptaciones en el transporte intestinal de glucosa, lo que le permite digerir y absorber almidón con más eficacia que el lobo. Sin embargo, estas adaptaciones son de carácter digestivo, no metabólico profundo. No han modificado la organización central de su fisiología energética, que sigue estando orientada a:
– Utilizar ácidos grasos como principal fuente de ATP en músculo y otros tejidos.
– Mantener la glucosa sanguínea dentro de un rango estrecho mediante producción endógena (gluconeogénesis), más que mediante aportes dietéticos elevados.
– Emplear cuerpos cetónicos como combustible alternativo para el cerebro y otros órganos cuando la disponibilidad de glucosa es baja.
– Regular el equilibrio energético con un eje hormonal en el que el glucagón tiene un papel destacado, favoreciendo la movilización de grasas y la estabilidad metabólica en ayuno.
En los carnívoros, el hígado está especialmente preparado para convertir ácidos grasos en acetil-CoA y, a partir de ahí, en cuerpos cetónicos como el β-hidroxibutirato, que pueden ser utilizados por la mayoría de los tejidos como fuente de energía. Este estado de “cetosis fisiológica” no es una patología, sino una condición normal cuando la dieta es rica en grasa y pobre en carbohidratos. A diferencia de lo que ocurre en humanos mal adaptados metabólicamente, en el perro este uso de cetonas es eficiente, estable y no genera acidosis cuando se produce dentro de rangos fisiológicos.
Por el contrario, un metabolismo crónicamente basado en grandes cargas de glucosa requiere una secreción repetida de insulina, una mayor variabilidad glucémica y una menor activación de las vías de oxidación de grasa. Este patrón es característico de especies con una larga historia evolutiva de consumo de almidón, pero no encaja de forma natural con el diseño del carnívoro.
Capacidad digestiva frente a preferencia metabólica
Que el perro pueda digerir carbohidratos no significa que su organismo los gestione como el combustible óptimo. La digestión es solo el primer paso; lo que realmente determina la idoneidad de un nutriente como base energética es cómo se integra en el metabolismo celular.
La glucosa, una vez absorbida, entra en la célula bajo la influencia de la insulina y se metaboliza principalmente por la vía de la glucólisis, produciendo piruvato y, posteriormente, acetil-CoA que entra en el ciclo de Krebs. Este proceso es rápido, pero genera oscilaciones energéticas y requiere una regulación hormonal precisa. Además, el exceso de glucosa que no se utiliza inmediatamente debe almacenarse en forma de glucógeno o transformarse en grasa, lo que implica un coste metabólico adicional.
La grasa, en cambio, se oxida de forma directa en la mitocondria mediante la β-oxidación, produciendo grandes cantidades de acetil-CoA de manera sostenida. Cada gramo de grasa aporta más del doble de energía que un gramo de carbohidrato, y su oxidación genera un flujo estable de ATP con menor necesidad de picos hormonales. Para un animal diseñado para cazar, ayunar y volver a cazar, este sistema es mucho más coherente que uno dependiente de aportes frecuentes de glucosa.
En este contexto, la capacidad del perro para entrar con facilidad en un estado de cetosis leve cuando la dieta es rica en grasa no es un problema, sino una muestra de su adaptación a este tipo de combustible. Los cuerpos cetónicos no son “residuos tóxicos”, sino moléculas energéticas perfectamente utilizables por el cerebro, el corazón y el músculo, y su presencia en sangre indica que el organismo está recurriendo de forma eficaz a la grasa como fuente principal de energía.
Regulación hormonal: el papel del glucagón y la insulina
Otro aspecto clave para entender los resultados del estudio de Helsinki es la regulación hormonal. En un metabolismo centrado en la glucosa, la insulina es la hormona protagonista. Su función es facilitar la entrada de glucosa en las células y promover su almacenamiento. En un metabolismo centrado en la grasa, el protagonismo recae en el glucagón, que estimula la liberación de ácidos grasos, la gluconeogénesis y la cetogénesis.
El perro, como carnívoro, está fisiológicamente más cercano a este segundo modelo. Su páncreas secreta insulina cuando es necesario, pero su equilibrio metabólico en condiciones naturales se mantiene con niveles relativamente bajos y estables de esta hormona, y con una actividad significativa del glucagón que permite utilizar las reservas de grasa de forma eficiente.
Cuando se le somete de forma crónica a dietas altas en carbohidratos, se induce un patrón hormonal más propio de especies omnívoras: mayores picos de insulina, mayor dependencia de la glucosa exógena y menor activación de la lipólisis. A largo plazo, este patrón puede traducirse en alteraciones de la sensibilidad a la insulina, cambios en el perfil lipídico y una utilización menos eficiente de las grasas como sustrato energético.
El contexto del estudio de la Universidad de Helsinki
Con estas bases fisiológicas en mente, el estudio de Holm y colaboradores adquiere un significado mucho más profundo. Al comparar una dieta basada en pienso —con un contenido elevado de carbohidratos no fibrosos— con una dieta cruda rica en grasa y prácticamente libre de esos carbohidratos, los investigadores no solo estaban evaluando dos “formatos de alimentación”, sino dos modelos metabólicos distintos: uno glucocéntrico y otro lipocéntrico.
Los biomarcadores seleccionados permiten observar de forma objetiva qué modelo resulta más coherente con el equilibrio interno del perro. La medición de glucosa y HbA1c informa sobre el control glucémico a corto y largo plazo; la insulina y el glucagón reflejan el eje hormonal que regula ese control; el perfil lipídico muestra cómo se están manejando las grasas en sangre; el β-hidroxibutirato indica el grado de utilización de la grasa como combustible; y los índices TyG y HOMA-IR aportan información sobre la sensibilidad a la insulina y el riesgo metabólico.
Todo ello permite ir más allá de la simple pregunta “¿engorda más o menos?” y adentrarse en una cuestión mucho más relevante: ¿con qué tipo de combustible funciona de forma más estable y eficiente el metabolismo del perro?
Qué nos dicen realmente los biomarcadores: análisis fisiológico detallado de los resultados del estudio
En esta segunda parte entramos ya en el corazón del trabajo de Holm et al. (2025). No en forma de tabla ni de cifras frías, sino traduciendo cada parámetro analizado al lenguaje de la fisiología real del perro. Porque un valor analítico, por sí solo, no dice nada si no se comprende qué vía metabólica representa, qué hormona lo regula y qué significa su aumento o descenso dentro del contexto de un carnívoro.
El estudio comparó dos grupos de perros durante aproximadamente cuatro meses y medio. Un grupo fue alimentado con un pienso comercial alto en carbohidratos no fibrosos. El otro recibió una dieta cruda basada en carne, con un contenido elevado de grasa y prácticamente sin carbohidratos disponibles. Tras ese periodo, se evaluaron una serie de marcadores que permiten reconstruir con bastante precisión qué tipo de combustible estaba utilizando prioritariamente el organismo y en qué estado se encontraba su regulación metabólica.
Glucosa y HbA1c: control glucémico a corto y largo plazo
La glucosa en ayunas y la hemoglobina glicosilada (HbA1c) son dos parámetros fundamentales para entender la carga glucémica real a la que está sometido un organismo. La glucosa en ayunas refleja el equilibrio inmediato entre producción hepática y utilización periférica. La HbA1c, en cambio, es un marcador de exposición crónica: indica cuánta glucosa ha circulado unida a la hemoglobina durante semanas.
En el grupo alimentado con pienso se observó un aumento significativo de la HbA1c al final del periodo. Esto significa que, de forma sostenida, esos perros estuvieron expuestos a concentraciones de glucosa más altas a lo largo del tiempo. No hablamos de picos puntuales, sino de una media crónicamente superior. Desde un punto de vista fisiológico, esto indica una mayor dependencia de la glucosa como sustrato energético y una mayor presión sobre los mecanismos de regulación.
En el grupo alimentado con dieta cruda rica en grasa ocurrió lo contrario: la glucosa en sangre descendió y la HbA1c no mostró ese aumento. Es decir, el organismo mantenía su glucemia en rangos más bajos y estables, sin necesidad de sostener concentraciones elevadas de azúcar circulante. Este patrón es coherente con un metabolismo que utiliza principalmente ácidos grasos y cuerpos cetónicos, recurriendo a la glucosa solo como sustrato estratégico para tejidos que la requieren de forma obligada.
Desde la fisiología de un carnívoro, este segundo escenario es el más coherente: glucosa estable, sin sobreexposición crónica, producida mayoritariamente por gluconeogénesis y no por grandes cargas dietéticas.
Insulina y glucagón: el eje hormonal que define el combustible
Curiosamente, la insulina no mostró diferencias significativas entre grupos. Esto es muy interesante, porque indica que no estamos ante un cuadro de diabetes ni de hiperinsulinemia manifiesta. Los perros, en ambos grupos, mantenían una secreción de insulina dentro de rangos fisiológicos.
Sin embargo, el glucagón sí mostró diferencias claras. En el grupo alimentado con dieta cruda, los niveles de glucagón fueron significativamente más bajos al final del estudio. Esto, lejos de interpretarse como algo negativo, indica que el organismo no necesitaba estimular de forma intensa la liberación de glucosa endógena ni la movilización de reservas, porque el suministro energético a partir de grasa era estable y suficiente. El metabolismo estaba funcionando en un modo “oxidativo”, no en un modo “glucodependiente con compensación hormonal”.
En el grupo alimentado con pienso, los niveles de glucagón se mantuvieron más altos, lo que sugiere una regulación más activa del eje glucosa–grasa. En otras palabras, el organismo tenía que ajustar de forma más constante su producción y liberación de sustratos energéticos, algo típico de un sistema que trabaja con mayor variabilidad glucémica.
El equilibrio entre insulina y glucagón es una de las claves para entender si un organismo está funcionando en modo lipídico o en modo glucídico. En el perro, un patrón con glucosa estable, insulina moderada y glucagón sin hiperactivación encaja mucho mejor con un metabolismo centrado en la grasa que con uno centrado en el almidón.
β-hidroxibutirato: la firma del uso de grasa como combustible
El β-hidroxibutirato (BHB) es un cuerpo cetónico producido en el hígado a partir de ácidos grasos cuando la oxidación lipídica es elevada y la disponibilidad de glucosa es baja o estable. Su presencia en sangre no es un signo patológico en un carnívoro; al contrario, es un indicador de que el organismo está utilizando grasa de forma activa y eficiente como fuente de energía.
En el estudio, ambos grupos mostraron un aumento de BHB, pero este fue significativamente mayor en los perros alimentados con dieta cruda. Esto indica una mayor activación de la cetogénesis fisiológica y, por tanto, una mayor dependencia de la grasa como combustible.
Desde el punto de vista del metabolismo canino, este hallazgo es completamente lógico. Un animal adaptado a dietas ricas en grasa debería mostrar facilidad para entrar en un estado de cetosis leve y estable, sin descompensaciones. La presencia de BHB en rangos fisiológicos es, de hecho, una señal de flexibilidad metabólica: el organismo es capaz de alternar entre glucosa y grasa sin estrés, utilizando esta última como sustrato principal cuando está disponible.
Perfil lipídico: cómo se manejan las grasas en sangre
El perfil lipídico completo (colesterol total, fracciones HDL, LDL, VLDL y triglicéridos) también mostró diferencias relevantes. En el grupo alimentado con pienso se observaron aumentos en el colesterol total y en distintas fracciones lipídicas. En el grupo de dieta cruda, por el contrario, los niveles de colesterol y otros lípidos sanguíneos disminuyeron.
Este dato es especialmente interesante porque desmonta uno de los grandes miedos asociados a las dietas ricas en grasa: la idea de que “más grasa en la dieta” implica necesariamente “más grasa en sangre”. En realidad, cuando la grasa se utiliza como combustible principal y no como mero excedente energético, su manejo metabólico suele ser más eficiente, con una mejor captación tisular y una menor acumulación circulante.
En un metabolismo adaptado a la oxidación lipídica, los ácidos grasos son rápidamente transportados a músculo, hígado y otros tejidos para su uso energético. No permanecen elevados en plasma porque no están “sobrando”; están siendo quemados. En cambio, cuando la dieta es alta en carbohidratos, parte de la grasa circulante puede reflejar una conversión de glucosa en lípidos (lipogénesis de novo) y una menor utilización oxidativa de esos ácidos grasos.
Índice TyG y HOMA-IR: sensibilidad a la insulina y riesgo metabólico
El índice triglicérido-glucosa (TyG) es un marcador indirecto de resistencia a la insulina utilizado en medicina humana y cada vez más estudiado en veterinaria. Integra información sobre glucosa y triglicéridos, y se considera un buen indicador del estado metabólico global.
En el estudio, el índice TyG disminuyó de forma significativa en los perros alimentados con dieta cruda, mientras que no lo hizo en el grupo de pienso. Esto sugiere una mejora en la sensibilidad a la insulina o, al menos, un perfil metabólico más favorable en términos de gestión de glucosa y lípidos.
El HOMA-IR, otro índice de resistencia a la insulina, no mostró cambios significativos, lo que indica que no estamos ante diferencias extremas, sino ante ajustes más sutiles pero consistentes en la forma en que el organismo maneja sus combustibles.
Desde una perspectiva clínica, este conjunto de datos apunta a que el metabolismo del perro, cuando se alimenta con una dieta rica en grasa y baja en carbohidratos, tiende a un perfil más estable, con menor carga glucémica crónica, mejor utilización de la grasa y marcadores indirectos de menor estrés metabólico.
Extrapolación a la especie canina y conclusiones clínicas: por qué estos resultados no son “de una raza”, sino del perro como organismo
Una de las objeciones más habituales cuando se presenta un estudio realizado en una sola raza es: “eso solo vale para esos perros”. Desde el punto de vista de la genética de comportamiento o de ciertas patologías, esta precaución tiene sentido. Pero desde el punto de vista del metabolismo energético básico, es una objeción débil. Las rutas que se han evaluado en este trabajo —glucólisis, gluconeogénesis, β-oxidación, cetogénesis, regulación insulina-glucagón, transporte de lípidos, utilización mitocondrial de ácidos grasos— no son variables de raza. Son rutas centrales, conservadas, comunes a toda la especie canina y, en gran parte, a todos los mamíferos carnívoros.
Un Staffordshire Bull Terrier no oxida la grasa con enzimas distintas a las de un Pastor Alemán, un Podenco Ibicenco, un Caniche o un Chihuahua. No tiene un páncreas que responda a la glucosa con un sistema hormonal diferente, ni un hígado con otra forma de producir cuerpos cetónicos. Las diferencias entre razas afectan a tamaño, proporción muscular, predisposición a ciertas enfermedades, velocidad metabólica basal o sensibilidad a algunos nutrientes, pero no rediseñan el sistema bioquímico que decide si una célula quema glucosa o quema grasa.
Por eso, cuando un estudio bien diseñado muestra que, bajo un patrón dietético alto en grasa y bajo en carbohidratos, el perro:
– Mantiene glucemias más bajas y estables.
– Reduce la exposición crónica a glucosa (HbA1c).
– Activa de forma fisiológica la cetogénesis.
– Presenta un perfil lipídico más favorable.
– Mejora marcadores indirectos de sensibilidad a la insulina.
no estamos viendo “un efecto del Staffordshire”, sino una expresión del metabolismo canino como tal.
Coherencia con la clínica diaria
Desde la práctica como nutricionista canina, estos resultados encajan con algo que se observa de forma repetida cuando se trabaja con dietas naturales bien formuladas, crudas o cocinadas, con un aporte adecuado de grasa de calidad y un control real de los carbohidratos:
– Perros con mejor estabilidad energética, menos picos de hambre y menos dependencia de tomas frecuentes.
– Mejor control de peso cuando el problema no es exceso calórico, sino disfunción metabólica.
– Mejora de parámetros glucémicos en perros con tendencia a la resistencia a la insulina.
– Mayor capacidad de sostener ejercicio prolongado sin “bajadas” de energía.
– Mejor estado de la piel y del pelo, ligado a un metabolismo lipídico eficiente.
Esto no significa que todos los perros deban estar en una cetosis marcada, ni que los carbohidratos sean siempre “malos” en cualquier cantidad o contexto. Significa que el eje energético del perro está mucho mejor adaptado a funcionar con grasa que con almidón, y que cuando la dieta respeta este hecho, el organismo trabaja con menos estrés fisiológico.

La diferencia entre usar grasa y acumular grasa
Un punto clave que este estudio ayuda a clarificar es la confusión habitual entre “ingerir grasa” y “tener grasa alta en sangre” o “acumular grasa corporal”. En un metabolismo bien adaptado a la oxidación lipídica, la grasa dietética no se traduce automáticamente en hiperlipidemia ni en aumento de tejido adiposo. Al contrario: se traduce en uso eficiente como combustible.
El aumento de colesterol y otras fracciones lipídicas observado en el grupo alimentado con pienso sugiere que, en un contexto glucocéntrico, parte de la grasa circulante no está siendo utilizada con la misma eficacia, o incluso está siendo sintetizada a partir de carbohidratos. En cambio, cuando la grasa es el sustrato principal, el organismo la moviliza y la quema, manteniendo niveles plasmáticos más contenidos.
Esto es especialmente relevante en perros con:
– Obesidad.
– Síndrome metabólico.
– Predisposición a diabetes.
– Baja tolerancia a picos de glucosa.
– Actividad física elevada o trabajo deportivo.
En todos estos casos, un patrón dietético que favorezca la oxidación de grasa frente a la dependencia de glucosa suele resultar, a medio plazo, más coherente con su fisiología.

Implicaciones para la formulación de dietas
A la luz de este trabajo y de la fisiología canina, hay varias conclusiones que se pueden extraer de forma clara:
- La grasa no debe ser vista como un “mal necesario” o un simple vehículo calórico, sino como el combustible central para el que el perro está metabólicamente diseñado.
- Los carbohidratos no fibrosos no deberían constituir la base energética de la dieta, aunque puedan tener un papel funcional en determinadas formulaciones y contextos.
- La calidad de la grasa importa enormemente: no se trata de añadir cualquier lípido, sino de aportar grasas de origen animal adecuadas, con un perfil de ácidos grasos compatible con la fisiología del perro.
- La individualización sigue siendo imprescindible: edad, nivel de actividad, estado hormonal, patologías concomitantes y genética influyen en cómo cada perro maneja sus combustibles.
Pero la base biológica es común: el perro es un organismo que, cuando se le permite, prefiere metabólicamente la grasa a la glucosa.
Limitaciones del estudio y por qué no invalidan sus conclusiones
Como todo trabajo científico, este estudio tiene limitaciones: una sola raza, un periodo de seguimiento relativamente corto, un número de animales que, aunque correcto, no es enorme. Sin embargo, las variables analizadas son tan centrales en el metabolismo que los patrones observados tienen un peso interpretativo muy alto.
No se trata de un marcador aislado, sino de un conjunto coherente de cambios: glucosa, HbA1c, glucagón, perfil lipídico, cuerpos cetónicos, índices de sensibilidad a la insulina. Todos apuntan en la misma dirección: cuando el perro recibe una dieta rica en grasa y pobre en carbohidratos disponibles, su organismo muestra un perfil metabólico más acorde con un carnívoro oxidativo que cuando se alimenta con una dieta basada en almidón.
Conclusión final
El estudio de la Universidad de Helsinki no “demuestra que el pienso sea malo” ni “idealiza la dieta cruda” como concepto. Lo que demuestra, con datos bioquímicos, es algo mucho más profundo: que el metabolismo energético del perro responde de forma más favorable cuando su principal combustible es la grasa y no el carbohidrato.
Esto no es una moda, ni una tendencia, ni una opinión personal. Es la consecuencia lógica de su historia evolutiva, de su fisiología mitocondrial, de su regulación hormonal y de la forma en que sus tejidos producen energía.
Aunque los datos procedan de una sola raza, las rutas metabólicas implicadas son universales en la especie. Por eso es razonable afirmar que estos resultados son extrapolables al perro como organismo, con las adaptaciones individuales que siempre deben considerarse en clínica.
Entender esto cambia la forma de plantear la nutrición canina: deja de ser una cuestión de porcentajes arbitrarios de proteína, grasa y carbohidrato, y pasa a ser una cuestión de coherencia biológica con el combustible para el que el cuerpo del perro está realmente diseñado.
El estudio original en el que se basa todo este trabajo es este:
The effect of a kibble diet versus a raw meat-based diet on energy metabolism biomarkers in dogs
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1090023325001662
Y la nota de divulgación de la propia Universidad de Helsinki:
https://www.helsinki.fi/en/news/dogs/canine-metabolism-responds-better-fat-carbs-research-suggests
